6 sept. 2007

El funeral del abuelo

La primera vez que vi un computador portátil fue en el funeral del abuelo. Mi primo Esteban fue el primero de todos los primos que tuvo Atari, Nintendo, Super Nintendo, el primero y único que viajó a Disney World, al que una vez le hicieron una fiesta de cumpleaños animada por Tico Tico, el que siempre estuvo en los colegios mas aniñados de la ciudad, el que a los 15 años ya tenía carro y permiso para conducir y salía farrear en los lugares mas exclusivos de la época y pagaba con tarjeta de crédito, para variar fue el primero en tener un computador portátil. A pesar de todo siempre fue humilde, ser producto de un desliz entre su madre y un hombre casado de la alta sociedad capitalina no era el mayor de los orgullos, pero como ven tuvo sus beneficios. Aún hoy no sé que diablos hacía con el aparato aquel encendido mientras el resto esperábamos con gran tristeza que lleguen los restos del abuelo a la funeraria.


Los hechos prueban que la muerte de un ser querido o con el que un gran número de gente tiene algún vínculo particular es el mejor pretexto para reencontrarse con aquellos familiares de los que vagamente recuerdas el nombre y que deseabas ver hace tanto tiempo o viceversa. Ahí estaba el tío Edwin, nadie sabe de donde asomó pero llegó, había hundido tanto el nombre de la familia con sus acciones que nadie se sorprendió cuando en la cuenta final de la funeraria recargaron el valor de una cafetera y un par de candelabros y media docena de tazas de café. Aún hoy Angel, el tío político mas a todo dar de la tierra no sabe que pasó con su abrigo de gabardina inglesa, regalo de un diplomático amigo suyo.


El Pizarra (nombre o apodo quien sabe, pero así le decían) fue el “amigo incondicional” del abuelo toda la vida. Jurisconsulto de quinta categoría, sabía hacer copias de llaves y le entraba a la plomería, además decían que era buen consejero. A pesar de que a muchos en la familia no les caía bien el momento en que llegaron los restos mortales del difunto a la funaeraria, de alguna manera fue grato ver al viejo Pizarra cargando el ataúd junto a mi padre, otros tíos y un par de dependientes de la funeraria. Una vez que el féretro quedó suspendido sobre los pilares dispuestos para el efecto el eterno amigo abrió la tapa del cajón mortuorio y esbozando una maliciosa sonrisa empezó a increpar toda clase de injurias en contra del abuelo. Alguien con un grito exigió que el Pizarra sea sacado de la sala, mi primo Esteban, que estaba en primera fila, dejó a un lado el computador, mientras que yo me encontraba de cuclillas junto al cadáver recolectando las tarjetas de los arreglos florales, agarramos al anciano y lo sacamos a la calle mientras los insultos replicaban en contra de este individuo.


Una vez fuera nos enteramos por boca del tipo que nuestro abuelo antes de conocer a la abuela, se había involucrado con una mujer de la cual el Pizarra estaba enamorado la misma que luego de que el abuelo la dejara con el corazón roto se había hecho monja. El Pizarra, quien nunca se casó ni tuvo hijos, había jurado que jamás olvidaría que su mejor amigo le había quitado a la mujer que amaba para luego despreciarla y en consecuencia encaminarle a tomar los votos religiosos, había jurado estar cerca y siempre darle los peores consejos, llevarle por el mal camino y gozar en silencio con la discordia que él se encargaría de sembrar siempre en la vida del abuelo y así lo hizo. Confesó que todos los apretones de mano efusivos, los abrazos, las palabras de aliento y demás gestos que tuvo con el finado siempre estuvieron sinceramente cargados de odio.

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