28 feb. 2007

El Chato, chapter I ===> .

En los buenos tiempos, cuando éramos felices e indocumentados, nuestra única preocupación era la farra de cada fin de semana. Eran tiempos duros y salvajes, los The Best deambulábamos por todo el barrio América, la parte noroccidental de San Juan y algunas zonas de Toctiuco. "El Pollazo" era nuestra guarida y principal centro de negocios y el antiguo hospital militar nuestra base de operaciones, eran las épocas en que el peaje del Parque del Perpetuo Socorro estaba a nuestro cargo y la muerte era un tema intrascendental.

En ese ámbito conocí al Chato, un tipo que hasta hoy tiene la habilidad de ingeniarse las cosas mas inverosímiles, absurdas e insensatas que a alguien se le pueden ocurrir, valga decir que el grado de efectividad de sus teorías es casi nulo, y digo casi porque gracias a ciertos chispazos de buena suerte y un poco de malsano oportunismo sus genialidades han visto la luz aunque no en todos los casos han llegado a felices términos.

Es así que en aquella época durante algunos meses el Chato venia contemplando la idea de convertirse en gallero. La cosa iba de mal en peor pues cuando hablaba de su proyecto nadie le paraba bola y le recomendaban que deje de tomar trago barato y que fume “productos de mejor calidad” y no esas porquerías a las que estaba acostumbrado. Todo cambió el día que llegó el Pelucas

El Pelucas, tío materno del chato, hombre de edad madura, espíritu joven y pensamiento “adolescente” según él, “ratonil” en nuestra apreciación. En una de sus tantas corridas por el Ecuador huyendo de la ley, las deudas y hasta de las mujeres llegó una noche al Buen Parque cargado un bulto, libamos hasta el amanecer, luego el Pelucas nos hizo descuidar y se largó. Al retirarnos nos dimos cuenta que el Pelucas había olvidado el bulto, inmediatamente el Chato, en calidad de sobrino, reclamó posesión del mismo y se lo llevó.
Durante varias semanas no supimos del Chato, es mas ni siquiera nos importaba saber hasta que un día vino el Vomitado con su típica cara de cojudo y su sonrisa de pendejo, comentando “ahí le vi al Chato haciendo topar unos gallos afuera de la casa”. En ese momento la curiosidad pudo mas que el desgano, en jorga nos fuimos a enterarnos que el bulto olvidado por el Pelucas, ahora propiedad del Chato, no era nada mas ni nada menos que su futura mina de oro: un gallo Pacharaco.
Con gran fervor y devoción, con mas esmero, cariño y cuidado que el prodigado al Pepito (su perro) se entregó a la crianza y adiestramiento del Pacharaco, se ilustró vastamenete en el arte de las peleas de gallos, primero leyendo "El Gallo de Oro" y luego viendo la película homónima, también consultando a expertos en el tema como "el vecino Tenesaca" y asistiendo a conocidas galleras de la ciudad a ver como era el ambiente.
Era necesario formar un equipo de apoyo pues el no podía hacer todo solo, así que pasó por alto el hecho de que El Hombre de las Cavernas le haya cruzado la pelada y le integró como primer miembro del equipo, su función: transporte, era el único con carro. El aspecto financiero era algo que debía manejarse de manera muy estricta así que su servidor fue nombrado tesorero del equipo, mi función básica era conseguir dinero (no me pregunten como simplemenete lo hacia) a como de lugar para cruzar las apuestas y hacer que ese capital rinda y no se convierta en plata vaga. La seguridad del Pacharaco y de los miembros del equipo también fue contemplada debido a que la actividad a desarrollar requeria ir a lugares muy "pintorescos" de la ciudad, allá donde las papas queman y cuando te matan no te dan recibo. El Shagui estaba dispuesto a apoyarnos en ese campo pero debido a una acusación (infundada por cierto, porque la guambra si queria) de abuso sexual a una menor de edad tuvo que huir de la ciudad a trabajar en el Oriente.
Vestidos con jean y camisa negra, al mejor estilo Dionisio Pinzón fuimos a nuestra primera lid la misma que tuvo lugar en uno de los sitios mas "extravagantes" de las afueras de la capital, teníamos al Pacharaco en una excelente condición física, dos gallinetas, media de Norteño licor de varones, cigarrillos, una navaja automática, 450.000 sucres y el enorme temor de que nos saquen la puta...
(continuará)

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